Hay un corto dentro de la película “historias de Nueva York”, el dirigido por Scorsese, que cuenta la historia de un pintor, un pintor atormentado e insufrible, pero con talento. Este pintor, Lionel Dobie, interpretado por Nick Nolte, alberga solo dos pasiones: su pintura y las mujeres. Fruto de la segunda, nuestro pintor acepta como ayudante a una chica, guapa e inteligente pero sin talento, con la que mantendrá una relación. Harta de sentirse infravalorada y sospechando que no es precisamente su pintura lo que despierta los instintos del maestro, un día la asistente explota, y todos sus reproches convergen en una última pregunta: porqué pintas?, que te impulsa? De donde sale la inspiración que yo no tengo y a ti te sobra?...Lionel, que en un principio era todo dulzura e hipocresía, olvida su condición de amante y, gritando, cede paso al artista: él no pinta por amor al arte, ni por convicciones, ni por dinero, ni por talento... él pinta por que no tiene más remedio...
O al menos así es como yo lo recuerdo.
Me gustaría pensar que Malbicho hace música por que no tiene más remedio, aún a riesgo de resultar pretencioso. Desde luego no es una cuestión de dinero, nada en nuestra vida en la música ha resultado rentable, tampoco de mujeres, aunque, si les soy sincero, no hay un músico en el mundo que no haya albergado la secreta esperanza de convertirse en irresistible subido a un escenario (y el que suscribe aún no la ha perdido), y a estas alturas tampoco es una cuestión de edad, desgraciadamente. Ni siquiera considero que nuestra música sea cuestión de talento, allá cada uno con sus gustos.
Muchos ya sabrán de qué hablo, de esa especie de maldición (bendita maldición) que exige la fidelidad de una amante celosa, que promete la llave a un lugar mejor y que te redime de todas las miserias, esa que siempre te ha reservado un lugar caliente cuando afuera hacía frío y que yendo de fiesta no hay quien la gane, Esa: la música.
No pienso aburrirles con una absurda historia del grupo, que a nadie interesa, al fin y al cabo todas son iguales, para eso léanse algo de Laurence Olivier. Que si cuatro chavales se juntan en un garaje en Usera, Liverpool o Helsinki para imitar a sus ídolos, que si uno se va, que si otro viene... Prefiero que nos escuchen, les aseguro que detrás hay cinco tíos sudando música y disfrutándola. Que le vamos a hacer, no tenemos más remedio.
Malbicho